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13.08.2022

kainoeita reinagura sus locales

            Kañoyetan presume de ser la decana de las sociedades populares de San Sebastián, al margen de la Unión Artesana, que tuvo un nacimiento más gremial. Sea como sea, y sin querer caer en nuestro particular espíritu pendenciero, diré que nació en las postrimerías del siglo XIX, el primero de enero de 1900, y ha permanecido en su solar durante este siglo y casi cuarto. Además, al parecer, fue en Kañoyetan de donde nació la idea de crear nuestra Cofradía. Hay, pues, motivo suficiente para nuestro reconocimiento.

            Es 13 de agosto de 2022 y, tras dos años largos de pandemia, el espíritu de la gente es festivo como nunca. Comienza la Semana Grande o las fiestas de la Virgen. Hay que pasar página y también beber para olvidar. Kañoyetan ha hecho unas reformas importantes: ha comprado a Kutxa un local y se asoma ahora a la calle 31 de agosto. Su presidente Fernando Blanco está feliz y agasaja a todos los visitantes. Parece que tampoco la sociedad quiera perder sus raíces, porque aunque ha tapiado su antigua puerta, no la ha hecho desaparecer. Al contrario, su nombre adorna el dintel de la antigua entrada, por el callejón Del Valle Lersundi. Aunque hay algunas pequeñas discrepancias, luce blanca y nítida. En el frontispicio de la entrada a la cocina, campea una divisa antigua muy repetida, pero no por ello menos hermosa: “Errik bere legue, Icheac bere aztura”, todo un propósito de aquella añeja ideología solariega que nos rigió durante siglos.

            Son las 11 de la mañana, y Roberto Stinus y el que esto escribe hemos quedado en su umbral para acompañar a su inauguración. Representamos a la Cofradía por una suerte de carambolas, pues nuestras autoridades tienen hoy un día intenso a propósito del cañonazo y de todo lo que le acompaña. Juan Mari Arzak, socio de Kañoyetan, que ya ha iniciado la cuesta de la ochentena, corta la cinta txuri-urdin. Es seguido por aplausos y un ramo de flores. Un dantzari ejecuta el agurra, acompañado por los txistularis de El Antiguo. El Orfeón de la Castaña, dirigido por Jaime Tejadas, interpreta canciones populares. En la calle 31 de Agosto todavía se puede circular, hace un tiempo algo bochornoso, y solo el imprescindible camión de la basura obstaculiza la kalejira que comienza.

            Se trata de un recorrido por ciertas sociedades. Los txistularis, el coro y los acompañantes somos agasajados en cada una de ellas por sus socios, que tienen preparados la sidra, el chacolí, los pintxos… Una maravilla. Nos decantamos por la sidra para poder aguantar la riada de potes. Mi compañera del Coro Goratzar, Ana Barrado, conoce a todos y todas. Es el perejil de todas las salsas y de todos los pianos. Me hace de cicerone en un territorio casi ignoto para mí. También se nos acerca el cofrade Juan Manuel Garmendia que se está poniendo las botas sacando fotos y fotos.

            Sale el sol. El atabal redobla o repiquetea con energía y ritmo, antes de que los txistularis rompan a tocar. Pura maravilla. El coro se aposta aquí y allá para cantar. Amaikak-Bat, Gaztelupe, Zubi Gain, Euskal-Bilera, Aitzaki, Ollagorra… Y, quizás mi ignorancia se olvide de alguna.

            A las 14.30, comida en la virginal Kañoyetan. Nos sentamos en una mesa de sociedades, junto a los compañeros de Kresala y La Unión Artesana, estos un poco nerviosos por aquello de cantar el Artillero y tener que bailar con las concejalas. Ambiente apoteósico. Oficia como cocinero mayor Ramón Roteta. El menú está a la altura del día: un entremés que se me escapa su contenido, pastel de pescado, chipirones en su tinta, solomillo con puré de patatas, helado con frambuesas y café. No me aparto de la humilde sidra para no caer redondo. Tengo poco aguante. Desdeño del Glorioso 2016 y del cava. Corre entre las mesas también el inefable Joti con sus apuntes.

            A los postres, los txistularis se afanan en su tun-tun, el coro interpreta unas piezas más zarzuelescas, hay solos, suena el viejo bardo Iparragirre… Su paisano oye con gusto sus viejos zortzikos. El acto termina con el acostumbrado Agur Jaunak, no por acostumbrado menos solemne. Nadie está beodo, el respeto es evidente y no forzado, la alegría circula contagiosa. Contrasta con pintadas nuevas y viejas soflamas sobre edificios solemnes que nos siguen persiguiendo con su odio eterno. No hay forma de enterrar el cadáver.

            Es hora de la despedida. Roberto me invita a uno de sus afamados gintonics en la Cofradía. Aún tenemos tiempo para saludar a nuestras compañías de artilleros que corren hacia Alderdi Eder. El balcón de la sala Zappino es el único sitio con alguna tranquilidad. En la Trini, mujeres y hombres harrijasotzailes se aprestan a levantar las oblongas y difíciles piedras de Ulía e Igeldo. Javier María Sada aparece por allá y nos habla de aquella iglesia y colegio de Jesuitas que ocupó la Trini hasta el lejano año de 1767. Caen gruesas gotas, una pequeña tormenta de verano se acerca a una San Sebastián sedienta. Poca cosa. Roberto y yo bebemos a pequeños sorbos la alegría de la vida.

                                                                                                                            Pedro Berriochoa Azcárate de la RSBAP

 

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Roberto y Pedro representándonos en Kainoietan.

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Ambos Presidentes en fugaz encuentro antes el acto.

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Unos de vuelta de la comida y otros al Cañonazo.

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Juan Mari Arzak en la inauguración.

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Nuestros representantes con la corista.

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Ramón Roteta y Juan Mari con el "presi".