Hemeroteca

30.11.2007

Boletín nº 63 - El famoso pirata John Fisher Birdman y la cocina caribeña de los filibusteros.

Artículo de Miguel Muñagorri publicado en nuestro boletín nº 63

 

Vino a la luz en Guetaria el 24 de Junio de 1645, hijo de Jon Sagarmendi y de María Iríbar. Le pusieron, lógicamente por su progenitor y por su día de nacimiento, el nombre de Jon en la pila de bautismos de la Iglesia del pueblo, próxima a su casa natal. Aprendió las letras y los números con el cura y a los siete años ya salía a la mar con su padre y los compañeros de este, en una lancha con doce remos y el timonel. El proel se ocupaba también de izar a veces una vela trapezoidal de apoyo en la proa y otra mayor en el centro, al mismo tiempo o alternativamente según las circunstancias del tiempo reinante.

Aprendió Jon a distinguir las estrellas, analizar los vientos, las olas y las corrientes, las profundidades de las aguas marinas, el vuelo de los pájaros y sus indicaciones sobre la previsión del tiempo y la posición de los bancos de peces. Sus ojos, pequeños y claros, se acostumbraron a ver y conocer el mar, el perfil de la costa, desde la punta de Matxitxaco hasta las perfiladas playas de las landas francesas.

Su nariz aguileña reconocía los diferentes olores que venían de la tierra, de los prados y de los bosques, de los humos de hogueras y chimeneas y también los aromas del mar, distintos según el oleaje, las mareas y los movimientos en profundidad.

Aprendió a nadar como un pez y a sumergirse, algo que los pescadores no solían hacer, pero Jon se cayó un día al agua y no le quedó mas remedio que bracear como pudo, luego ya perdió el miedo y le tomó gusto. También tomó sabiduría de cómo preparar los alimentos en la barca, de cómo limpiar y cortar los peces y dejarlos al aire a secar, hasta un punto de posible ingestión y a preparar algunos guisos.

A veces salían a la mar hasta perder de vista la tierra y en ocasiones persiguieron algunas ballenas sin llegar a alcanzarlas. Solían pescar merluzas, lubinas, besugos, salmonetes, doradas y en temporada sardinas, antxoas y bonitos. Por las noches a partir de mediado el verano iban cerca, a la pesca de txipirones y entraban también calamares pequeños y grandes, beguiaundis.

Jon tenía trece años y estaban una mañana de primavera, al poco de amanecido, a unas seis millas frente a la roca del ratón, cuando divisaron unos delfines que saltaban jugueteando y probablemente alimentándose sobre una bandada de peces, antxoas. De pronto los delfines se alteraron, empezaron a chillar y a dar saltos frenéticos y finalmente huyeron hacia el Este. Una alteración de las aguas llamó la atención de los pescadores. Hacia el Norte se divisaba una masa informe que resoplaba y se acercaba. Los bravos arrantzales prepararon sus arpones y bicheros y se aprestaron al combate al apercibirse de que era una ballena. Pero el cetáceo llevaba a su lado una cría y eso la hacía terrible, agresiva y feroz. Arremetió contra la trainerilla a toda marcha y con todo su volumen pasó sobre ella. La lancha zozobró y sus tripulantes cayeron a las profundas aguas, ninguno sabía nadar salvo Jon y la ballena además se revolvió apabullándoles. Solo Jon sobrevivió, primero sumergiéndose, luego agarrándose en la superficie a uno de los remos que quedó flotando.

Suavemente se dejó llevar por la corriente que le alejaba de la costa en la misma dirección que habían tomado los delfines. El agua no estaba demasiado fría en aquella época y aguantó horas esperando que algún barco o alguna lancha pasasen. Oyó a lo lejos las campanas que el campanero de Guetaria hizo sonar al no ver a sus amigos volver en su tiempo, ya al atardecer. Finalmente unas velas aparecieron por el Oeste, navegando en dirección hacia la costa francesa. Jon chilló y quitándose la camisa enarboló, sacando fuerzas de flaqueza, el remo con su camisa, hasta llamar la atención de la nave.

Era un ballenero de Baiona, de dos palos, proa alta con una sirena como mascaron, que volvía a puerto después de haber perseguido a la misma ballena de la tragedia de Jon y que al descubrir la cría, dejaron en paz. Cuidaron de él dándole de comer de una marmita caliente con caldo y pescados troceados, ropa seca y una manta.

Entraron por la ría de Baiona hasta llegar a la bifurcación de los dos ríos que allí confluyen y amarraron al muelle. Subieron a la ciudad vieja donde pusieron a Jon al cuidado de un sacerdote con el que habló un poco en euskara y un poco en mal castellano de ambos. Después de la conversación Jon durmió en la sacristía de una gran iglesia en construcción, durante 18 horas, al cabo de las cuales volvió a hablar con el preste y concluyó en volver a la mar con los balleneros y escribir una carta para su madre haciéndosela llegar a través del cura de Getaría. En ella explicaba la tragedia, su situación y su proyecto.

Dos días más tarde embarcaba para hacerse a la mar en breves y frecuentes salidas con las que se preparaban para el gran salto. Los balleneros de la zona salían hacia las islas de Saint Pierre y Miquelón, en el estuario del río San Lorenzo y pegando a Terranova, a primeros de Junio, durando el viaje algo menos de dos meses si aprovechaban bien los vientos. La vuelta duraba unos 40 días gracias a las corrientes y a los vientos favorables de final de otoño. Aquella era una zona de mucha pesca y las ballenas hacían sus tránsitos migratorios, pasando próximas. Su caza proporcionaba sobre todo grasas que se fundían en grandes hornos de barro y que se almacenaban en barriles, de mucho valor en el mercado. También se aprovechaban los huesos para hacer utensilios y la carne que se comía.

Jon tenía un compañero de su edad, Mathieu, Mat, con el que estableció un pacto silencioso de colaboración. El patrón, Jacques de la Rhune, era un hombre muy conspicuo en su trabajo, de pocas pero expresivas palabras. Estaba hecho a su barco y tanto en él como en tierra andaba balanceándose igual.

Mat y Jon hacían la limpieza del barco, baldeaban con agua de mar y preparaban la comida para los cazadores de ballenas. En esas salidas cortas solían pescar bonitos, que cocinaban de muy distintas maneras, todas sabrosas, en marmita con patatas y pimientos, en gruesos filetes que dejaban secar hasta un punto o envueltos en sal marina y regados con aguardiente de vino.

Iniciaron el gran viaje subiendo con la costa a estribor hasta la desembocadura de la Gironda, donde apuntaron hacia el Noroeste, dejando al Este la punta de Bretaña y al Norte las costas de Inglaterra e Irlanda, trazando un gran arco que completaron arribando a la isla grande de Miquelón a finales de Julio. Tomaron contacto con la zona y al poco ya salían a pescar ballenas, que acudían a las fuertes corrientes que se encontraban en la salida del río San Lorenzo, con la que bajaba del Labrador, donde había cantidades enormes de bancos de peces.

El trabajo era continuo y Jon se ocupaba en él de manejar el cuchillo cortando los grandes trozos de carne y separando las masas de grasa. Se hizo un maestro en su manejo, también para preparar la comida. El cuchillo de Jon tenía el mango labrado en un hueso de ballena, acabando la empuñadura en un hierro doblado al que se acoplaba la mano. La cuchilla era de acero templado de unos 18 cm., afilada por ambos lados, uno de ellos biselado y cóncavo, con la punta penetrante. Estaba muy equilibrado y tanto servía como arma que como herramienta de trabajo. El encargado de manejar el cuchillo en la cocina también debía de utilizarlo para limpiar las heridas de la tripulación e incluso para amputar miembros llegado el caso.

Al cabo de un mes entraron un atardecer en el puerto de San Juan de Pasajes, que luego los ingleses ocuparon y llamaron St. John’s, a descansar un poco y ver otros ambientes. Había en San Juan todo tipo de barcos, vascos pescadores de bacalao y vascos pescadores de ballenas, corsarios españoles, franceses e ingleses, aventureros que venían a la Nueva Vizcaya, en el estuario del San Lorenzo que prometía riquezas.

Al desembarcar en San Juan, Jon encontró gente afín y gente adversa. Pescadores vascos con los que confraternizó. Tomó cerveza a la que no estaba acostumbrado y una bebida fuerte que llamaban ron. Cuando despertó sin saber cuanto tiempo había pasado estaba arrumbado sobre un rollo grande de cuerdas en la cubierta de un barco desconocido. Entreabrió los ojos, la cabeza le pesaba, se movió, varios individuos de variada y singular catadura le miraban. Uno de ellos que parecía el que mandaba le inquirió enérgico, “What’s your name”. Jon intuyó la contestación, “Jon”. “What’s your work”, Jon aventuró, “Ni arrantzale”. Peter le contestó: John Fisher, you are welcome.

El interlocutor era Peter “the Fox”, capitán de un bajel pirata llamado “The Terrible”. El bajel había sido primero español, El Terrible, apresado en aguas de La Rochelle por unos corsarios franceses que le cambiaron el nombre por Le Terrible y finalmente capturado por Peter the Fox y su cuadrilla de filibusteros en aguas de Saint Pierre y nombrado “The Terrible”. Era un buen navegante, bien dotado para maniobrar, atacar y defenderse, con 40 cañones por cada costado, que le hacían verdaderamente terrible, además de una culebrina sobre el castillo de proa.

 

Peter the Fox, tenía un aspecto extraño, alto y delgado, con la cara colorada, la nariz puntiaguda y orejas apuntadas por arriba y abiertas. Jon, por su parte tenía también un aspecto peculiar, también espigado, con la nariz prominente y aguileña, orejas chatas pero abiertas, ojos agudos y penetrantes. Peter le dijo: You have the face of a bird. Y alguien dijo “Birdman”. Y así es como Jon Sagarmendi Iríbar, natural de Guetaria, pasó a ser John Fisher Birdman, de marmitón a pescador de ballenas y de esto a filibustero.

Había tres clases de piratas vocacionalmente distintos. Los bucaneros, piratas anfibios, entraban y ejercían la piratería en tierra, atacando y saqueando poblaciones y lo que encontrasen. Eran depredadores y gustaban de quemar y robar sin más sentido. Borrachos y pendencieros, sin espíritu. Los corsarios eran piratas pagados por los gobiernos europeos para atacar los barcos que encontrasen que no fuesen de bandera propia y desestabilizar a los otros países en lo que pudiesen. Los filibusteros eran los piratas más románticos. Bajaban justo a tierra para repostar o relajarse. Su vida era el barco, sus elementos el cielo, el mar, el viento, el sol, la luna, las estrellas y las olas.

Los filibusteros tenían sus reglas:

  1. Queda prohibido todo prejuicio de patria o religión.
  2. Queda prohibida la propiedad individual referente a los territorios.
  3. Cada miembro es libre como individuo, no está obligado a nada y puede irse cuando quiera.
  4. Todos los miembros son iguales entre sí.

El conjunto se resumía en “La vida del filibustero es plena de placeres y fortuna, libertad y poder”.

Tenían una bandera, la “Jolly Roger”, que Peter the Fox había adaptado cambiando tibias por sables de abordaje:

Su bebida era el ron, que en el Caribe se fabricaba por todas las islas, Martinica, Jamaica, Barbados, Cuba y en la Costa de Venezuela. El ron animaba, hacía olvidar las penas y desinfectaba el agua y las heridas.

The Terrible descendió en su navegación dejando a estribor la costa de América del Norte y topándose con barcos de toda clase a los que asaltaba apropiándose de sus riquezas y parte de víveres, hasta llegar a la punta sur de la península de La Florida, donde se replantearon sus acciones.

Durante meses y meses recorrieron el Caribe y sus islas, atrapando barcos que en ocasiones vendían después en algún puerto, quedándose con el botín y liberando a la tripulación y pasaje. Recorrieron las aguas de Bahamas y de Cuba, de Jamaica, las Antillas, las islas Vírgenes y las Caimán, Trinidad, Guadalupe, La Española, la Tortuga y las costas de La Florida. En una ocasión John Fisher Birdman, cocinero oficial de The Terrible, habiendo entrado en un bote, con algunos compañeros por los canales de los Everglades, lanzándose al agua, abrió en canal con su cuchillo, a un caimán que les molestó. Con su carne hizo un guiso con patatas, un marmitako de caimán. Con su piel untada en hierbas y curtida al sol se hizo una especie de chaleco, elegante.

John Fisher Birdman empezó a conocer los peces de la región. Había pececillos de colores, que en las transparentes aguas daban un increíble espectáculo nadando entre ellos y había peces más grandes, una oferta culinaria enorme de la que John aprovechó para hacer verdaderas delicias, para su capitán y el resto de sus compañeros. Las completaba con los moluscos y los mamíferos de las islas, conejos, corzos, cabras,... así como con algunas aves de excelente sabor. Postres deliciosos los constituían las frutas tropicales que abundaban. Los filibusteros esperaban el momento de celebrar alguna captura con deleite, porque además en esas capturas conocieron los excelentes vinos de Francia y de España.

Los lugares preferidos por los filibusteros de Peter the Fox para sus ataques a presas a las que con mayor o menor dificultad acababan capturando salvo excepciones, eran sobre todo los alrededores de Santiago de Cuba, de La Habana, de Cartagena de Indias y de Panamá. Para descansar algunos días la isla de la Tortuga era su lugar preferido. Situada al Norte de la punta Noroeste de La Española, tenía unas magníficas playas y arrecifes. Su puerto al sur de la isla era un estupendo refugio. En la época la isla estaba controlada por los franceses que dejaban hacer a los filibusteros y hasta les administraban sus capturas. Entre la fauna de la isla se contaban numerosas aves, y peces como rayas, meros enormes de grandes fauces, pargos y langostas que constituían la base de grandes banquetes.

Un día entraron en el puerto de La Habana, para vender una carabela española, capturada después de fuerte resistencia y con bajas por ambas partes. Entraron por la canaleta protegida por el castillo del Morro y amarraron al muelle las dos naves. Mientras Peter negociaba, los demás salieron a las tabernas del puerto, donde se bebía ron, se comían frijoles y se cantaba y bailaba. John conoció en una de ellas a una mujer espectacular, una mulata, alta de espléndido tipo, guapa y simpática, llamada Olga. John que jamás había bailado, creyó que se elevaba por el aire, que flotaba. Al amanecer Olga le declaró que le gustaría tener un hijo de él. John se volvió a su barco pensando que le gustaría tener 15 hijos con Olga.

Partiendo de La Habana siguieron sus periplos y en el año 1670, a requerimientos del corsario inglés Henry Morgan, participaron en el asalto y toma de Panamá. No gustaron a los filibusteros de Peter the Fox las maneras de los bucaneros y corsarios que participaron en esa aventura. Panamá fue arrasada, los españoles masacrados, todo por el capricho de Henry Morgan por una mujer, la Santa Roja, a la que finalmente no llegó a conseguir a pesar de capturarla. The Terrible se volvió hacia el mar, bajando el río Chagres. Tuvieron suerte porque Morgan averió los barcos de los bucaneros que habían colaborado con él y huyó con todo el botín.

The Terrible después de unos días en la Tortuga, se dirigió hacia la salida del puerto de Santiago de Cuba. Los barcos españoles salían de allí cargados de riquezas hacia Europa. Entablaron combate con uno que se resistió y en la batalla John cayó al mar. El ruido de los cañones, el humo de las explosiones, el griterío, hicieron que John se encontrase solo en las aguas y nadó hacia tierra. Llegó desfallecido y quedó tendido en una playa.

Pocos meses mas tarde, en la pequeña localidad de Siboney, próxima a Santiago de Cuba, había una taberna, “La Taberna del Pájaro”. La regentaba un hombre a quien llamaban John Fisher Birdman y una mulata espectacularmente bella llamada Olga. En la taberna se degustaba una excelente cocina de platos exóticos caribeños, pescados como el pez gato y el pez mosquito, mariscos como cigalas, langostas, gambas y camarones, caracoles de mar en salsa, aves asadas con piña, carnes de corzo, cabrito, frijoles con arroz, guisos de pescados y de caimán, sopas de tortuga y de aleta de tiburón, ensaladas de frutas y frutas tropicales aderezadas con ron. Se bebía, sobre todo ron y también vino y cerveza. Se cantaba y se bailaba. Con el tiempo llegó a estar abierta las 24 h. del día. Las tripulaciones de todos los barcos que llegaban a Santiago no se perdían una noche en la Taberna del Pájaro, atendida por la familia que llegó a tener 13 hijos, 6 muchachos y 7 muchachas, todos ellos saludables, trabajadores y serviciales, aunque algo callados. Allí coincidían filibusteros y corsarios, marinos de guerra y mercantes y marineros, europeos y caribeños. Peter the Fox fue uno de los principales clientes y su amigo John Fisher Birdman, famoso en todo el Caribe.

Me lo contaron en Cuba.

Boletín nº 63 - El famoso pirata John Fisher Birdman y la cocina caribeña de los filibusteros.Boletín nº 63 - El famoso pirata John Fisher Birdman y la cocina caribeña de los filibusteros.Boletín nº 63 - El famoso pirata John Fisher Birdman y la cocina caribeña de los filibusteros.